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Lectura de verano Club MACONDO: “Yo, Claudio” de Robert Graves

En la próxima sesión del club, a la vuelta del verano, comentaremos el libro de Robert Graves, Yo, Claudio.

Robert GravesYo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

(Inicio de Yo, Claudio)

 

 

Robert Graves (Londres, 1895 – Deià, 1985) novelista, traductor, ensayista y por encima de todo poeta. Su padre, Alfred Perceval Graves, fue una destacada figura del movimiento literario irlandés. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en Francia con los “Royal Welch Fusiliers”. Precisamente el día que cumplía veintiún años es herido por la esquirla de una granada y es dado por muerto. Esa experiencia, que resulta suficiente para incorporarlo al grupo de poetas denominado por algunos críticos como “Los poetas de la guerra del 14″, junto a Wilfred Owen y David Jones, es la que define ese sentimiento y esa aspereza de sus primeros poemas recogidos en Over the Brazier (1916) y Fairies and Fusiliers (1917). En 1926 fue nombrado profesor de literatura inglesa de la Egyptian University. En 1930 se traslada a Mallorca donde junto con la poetisa y novelista, especializada en temas helenísticos, Laura Riding, funda y dirige la Seizin Press. Retorna a Inglaterra durante la guerra civil española para, una vez finalizada ésta, instalarse definitivamente hasta su muerte en la isla balear.

Destacó también en el campo del ensayo, la novela histórica y la traducción. Como ensayista ya es un clásico su estudio La diosa blanca (1948) o Los mitos griegos (1955). Como traductor destaca sus traducciones de El asno de oro, de Apuleyo, La Farsalia, de Lucano y Los doce Césares, de Suetonio. Resalta su faceta de autor de novelas históricas a las que se dedicó porque tenía que mantener a su familia y no podía hacerlo con sus obras en verso: Yo, Claudio y Claudio el dios (1934),  El conde Belisario (1938), La mujer de Milton, La historia de Marie Powel (1943), El Rey Jesús (1946), La hija de Homero (1955), Últimas aventuras del sargento Lamb (1941), El sello que naufragó (1960), El vellocino de oro (1945), Las islas de la imprudencia (1952) y El grito (The Shout and Other Stories, 1963). Sus novelas históricas pueden considerarse como reconstrucciones-interpretaciones de sobrio estilo, generalmente adoptando un punto de vista contemporáneo y demostrando, al lado de su fidelidad historiográfica, una gran capacidad para indagar en la psicología de los personajes.

(Información tomada de Biografías y vidas: la enciclopedia biográfica en línea)

Yo, Claudio: está escrito en primera persona como si fuera una autobiografía o unos apuntes de las memorias del emperador Claudio. La idea de componer así el texto, como si fuera una confesión personal del ambiguo sucesor de Calígula, se le ocurrió al autor en septiembre de 1929, después de una lectura de los textos de Tácito y Suetonio referidos a este emperador, como contaba con precisión el propio Graves. Claudio había sido, según esos historiadores romanos, un personaje bastante lamentable, desde que llegó al trono casi por azar, tras la muerte del depravado Calígula: torpe, tartamudo, erudito y cruel, estuvo casado primero con la lúbrica y viciosa Mesalina y luego con la ambiciosa Agripina, que lo liquidó con un oportuno veneno. Su sucesor, Nerón, hijo de Agripina, celebró su apoteosis, es decir, su conversión en dios tras la muerte (como se había hecho con Augusto y se haría con otros emperadores), pero en el poema Apolokyntosis (“transformación en calabaza”), compuesto por Séneca, se decía que “renacer como calabaza” era lo adecuado a los méritos de Claudio.

Tras una sanguinolenta y triunfante carrera hacia el poder absoluto, el astuto Augusto lo había logrado. Bajo las apariencias más honorables, ahora como príncipe bendecido por los dioses, el dueño de la Roma senatorial y restaurada, gobernaba desde la cima de su mundo. Pero la mirada del suspicaz e irónico Claudio nos describe ese tinglado imperial visto de cerca. La sensualidad, el lujo, la ambición, la hipocresía, la traición, la crueldad, la superstición, montan en ese escenario familiar un juego trágico. La corte imperial es una especie de selva feroz y refinada que el sagaz y callado Claudio explora y describe con su aguzada pluma. “La concentración de maldad que se encuentra en alguno de los personajes femeninos del libro, particularmente en Livia Drusila, añade otra fascinante dimensión a la novela” (M. Seymour-Smith). Los personajes de la novela están descritos a través de sus actuaciones y conversaciones, las escenas tienen un aire muy fresco y directo, todo el ambiente está presentado con una ironía y un talento teatral que acredita el talento dramático y la gran imaginación del narrador. (Acaso en la figura del titubeante e irónico Claudio late una “oblicua caricatura” del propio autor).

La novela representa una relectura y reinterpretación audaz de la figura de Claudio y su época. En lugar del tipo necio y cobarde de Suetonio y Tácito, su Claudio es un relator irónico y lúcido, que se disfraza de imbécil para sobrevivir en el ambiente perverso y peligroso de la corte augústea. Robert Graves creía en su empeño de averiguar una verdad distinta a la versión oficial acreditada por los relatos históricos. Reivindicar a un emperador romano, dándole a él la palabra para su apología, se ha repetido en otras novelas.Yo, Claudio destaca por su lograda pintura de la época, por sus ágiles diálogos y su gusto por las anécdotas, en definitiva, por su gran estilo, unido al magnífico dominio de sus fuentes. No camufla en el texto ninguna ideología, pero deja percibir, bajo el cálamo con el que el emperador tartamudo escribe sus ácidas memorias, una honda melancolía y un hondo escepticismo acerca de la alta sociedad, las retóricas del poder y las luces de la historia.

(Información tomada de: García Gual, Carlos. El inolvidable emperador tartamudo (El País, 2-10-2005)

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